Bio / Contacto

Entiendo mi práctica fotográfica como una búsqueda a través de la imagen encontrada. Un ejercicio de significación de la realidad mediante el hallazgo —más o menos fortuito— de su propio retrato.

Esta arqueología visual se articula en dos niveles de indagación: en el primero, busco las imágenes; en el segundo, los mensajes que generan cuando se ponen en relación.

Mi imagen encontrada es la que aparece en cajas de mercadillo y carretes olvidados que compro al azar; es la instantánea del álbum familiar en casa de mis abuelos y el archivo personal que dejo en barbecho en discos duros, que vuelven a mí con el tiempo. También es la fotografía que tomo «desde el estómago»: aquella que nace durante el paseo, sin mirar por el visor, cuando la cámara cuelga del cuello y se apoya, literalmente, a la altura del ombligo.

En todos esos gestos —y en los procesos que los preceden y los suceden— descubro mapas y diarios que exploran la casualidad y la causalidad; la memoria, la identidad, la familia y el propio medio fotográfico. Y así, en el camino, fotografía y archivo se convierten, para mí, en formas de leer(me) y de estar en el mundo.

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Alberto T. Wilson, 1986

hola@albertotwilson.com
Instagram

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Entiendo mi práctica fotográfica como una búsqueda a través de la imagen encontrada. Un ejercicio de significación de la realidad mediante el hallazgo —más o menos fortuito— de su propio retrato.

Esta arqueología visual se articula en dos niveles de indagación: en el primero, busco las imágenes; en el segundo, los mensajes que generan cuando se ponen en relación.

Mi imagen encontrada es la que aparece en cajas de mercadillo y carretes olvidados que compro al azar; es la instantánea del álbum familiar en casa de mis abuelos y el archivo personal que dejo en barbecho en discos duros, que vuelven a mí con el tiempo. También es la fotografía que tomo «desde el estómago»: aquella que nace durante el paseo, sin mirar por el visor, cuando la cámara cuelga del cuello y se apoya, literalmente, a la altura del ombligo.

En todos esos gestos —y en los procesos que los preceden y los suceden— descubro mapas y diarios que exploran la casualidad y la causalidad; la memoria, la identidad, la familia y el propio medio fotográfico. Y así, en el camino, fotografía y archivo se convierten, para mí, en formas de leer(me) y de estar en el mundo.

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Entiendo mi práctica fotográfica como una búsqueda a través de la imagen encontrada. Un ejercicio de significación de la realidad mediante el hallazgo —más o menos fortuito— de su propio retrato.

Esta arqueología visual se articula en dos niveles de indagación: en el primero, busco las imágenes; en el segundo, los mensajes que generan cuando se ponen en relación.

Mi imagen encontrada es la que aparece en cajas de mercadillo y carretes olvidados que compro al azar; es la instantánea del álbum familiar en casa de mis abuelos y el archivo personal que dejo en barbecho en discos duros, que vuelven a mí con el tiempo. También es la fotografía que tomo «desde el estómago»: aquella que nace durante el paseo, sin mirar por el visor, cuando la cámara cuelga del cuello y se apoya, literalmente, a la altura del ombligo.

En todos esos gestos —y en los procesos que los preceden y los suceden— descubro mapas y diarios que exploran la casualidad y la causalidad; la memoria, la identidad, la familia y el propio medio fotográfico. Y así, en el camino, fotografía y archivo se convierten, para mí, en formas de leer(me) y de estar en el mundo.

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